Este día fue incluido en el calendario de Naciones Unidas en 2001 a petición de Kuwait, en recuerdo de "la difícil experiencia por la que pasó hace algunos años, cuando nuestra región fue testigo de conflictos militares y de guerras cuyas funestas consecuencias tuvieron repercusiones adversas para su medio ambiente". En la guerra del Golfo, en 1991, las tropas iraquíes destruyeron miles de pozos de petróleo en Kuwait, el combustible ardió en el desierto o llegó al mar, acabando con la pesca y destruyendo el ecosistema.

Entre todos los desastres que ocasionan las guerras es muy importante el daño medioambiental que provocan. Un daño a los seres humanos y la naturaleza que puede perdurar hasta mucho después de que se haya restablecido la paz.

La preocupación por estos daños en el medio ambiente comenzó durante la guerra de Vietnam, que enfrentó a Vietnam del Norte con Vietnam del Sur entre 1959 y 1975.

La intervención de EE UU en este conflicto, que utilizó potentes herbicidas para destruir la selva en la que se escondía el enemigo, provocó la destrucción del 20% de la selva de Vietnam del Sur. Desde entonces miles de niños y niñas han nacido en las zonas atacadas con terribles deformaciones a causa del producto químico empleado, llamado "agente naranja".

Minas y refugiados

Las minas y los campos minados son una amenaza permanente para las personas y la vida salvaje. Además de las muertes y mutilaciones que provocan (muchas veces después de que haya acabado el conflicto) impiden el acceso y el cultivo en grandes áreas de tierras fértiles, necesarias para el sustento de la población.

Otra causa de daños al medioambiente son los movimientos de refugiados. En la guerra de Ruanda, los miles de refugiados que se desplazaron hacia la República Democrática del Congo destruyeron en poco tiempo 300 km2 de bosques buscando leña y algo para comer. En esa región algunos movimientos guerrilleros llevan tiempo consiguiendo dinero para armamento destruyendo los bosques y vendiendo las maderas valiosas, o acabando con los elefantes para conseguir marfil.

Sin embargo, aunque no se hayan valorado los daños ambientales de los conflictos armados hasta hace relativamente poco (porque también en la actualidad la capacidad destructora del ser humano es mayor que en el pasado), el uso del medio ambiente con fines militares no es nuevo. Hace ya 5.000 años, en las disputas entre ciudades en Mesopotamia, se demolían los diques y las presas para inundar los campos enemigos como estrategia de guerra.

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Guerra, también al medioambiente Los conflictos bélicos, pasados y presentes, dejan secuelas funestas para la salud humana y la naturaleza

El petróleo líquido o quemado que ennegrece los suelos, aires y aguas de Irak, refleja solo parte del daño que genera todo conflicto bélico en la naturaleza. Las guerras no solo ocasionan destrucción, muerte y miseria; también siembran el planeta de residuos tóxicos, explosivos o radiactivos. El mar es un gran basurero de arsenales caducados y navíos con su mortal carga intacta. Las maniobras militares, las minas, los proyectiles sin explotar, las armas químicas y las pruebas de armas atómicas tienen un impacto ambiental de grandes dimensiones y duración.

Mareas negras de petróleo derramado en la tierra y el mar, nubes tóxicas emitidas por las partículas lanzadas a la atmósfera por infinidad de incendios, toneladas de materiales tóxicos producidos por las explosiones y montañas de chatarra y de metales pesados provenientes de los restos de municiones, armas abandonadas, destruidas, enterradas o hundidas en las aguas. Son solo algunas de las devastadoras consecuencias medioambientales que dejará la guerra en Irak, sea cual sea la evolución de los acontecimientos y el resultado de los combates, porque las armas también "asesinan" al medio ambiente, y siguen matando mucho tiempo después de disipado el olor a pólvora.

Las maniobras militares, las minas antipersonales, los proyectiles sin explotar y las armas químicas son amenazas que afectan la vida y la salud durante mucho tiempo. Los cientos de pruebas de armas atómicas efectuadas por las superpotencias en las últimas décadas, tanto en la atmósfera, el subsuelo como en los océanos, tienen un impacto ambiental muy difícil de medir debido al secreto con que se efectúan los ensayos nucleares.

Las secuelas de los conflictos se prolongan mucho tiempo después de extinguido el último eco de la última batalla. La letal dioxina, un compuesto tóxico del famoso Agente Naranja, un preparado usado como defoliante en Vietnam, para devastar la vegetación selvática donde se escondían las tropas del Viet Cong para atacar a los americanos, todavía sigue presente en la selva sudasiática, décadas después de finalizada la contienda.

Los ecos de la batalla

"El hallazgo de una bomba de la Guerra Civil española paraliza los vuelos en el aeropuerto madrileño de Cuatro Vientos... Una bomba que no estalló en la II Guerra Mundial amenaza una valiosa zona coralina en Panamá... Hallan una granada entre patatas francesas... Un incendio hace explosionar bombas enterradas en las montañas desde la batalla del río Ebro".

Noticias como éstas aparecen periódicamente en la prensa de los países que han sufrido conflictos armados recientes o incluso acaecidos hace décadas. Son solo la "punta del iceberg" de una secuela de la guerra que siembra el planeta de muerte y enfermedades a largo plazo: la contaminación bélica.

Al menos 200 millones de minas del tipo FOB Karachi esperan agazapadas en el suelo de más de 50 países a que alguien las pise o las toque para descargar su metralla, y cada mes unas 800 personas son alcanzadas por estas armas, que matan o mutilan, según la organización ecologista Greenpeace.

Este letal artefacto producido en Pakistán, y que según sus fabricantes ha sido diseñado para producir daños personales ya que "es mejor lisiar al enemigo que matarlo", es solo uno de los muchos que amenazan la vida humana por tiempo indefinido, una vez que han terminado las contiendas bélicas.

Otro artefacto igual de temible, que muchas organizaciones intentan que se catalogue junto con las minas en la misma categoría que las armas nucleares, químicas y biológicas son las denominadas "bombas de racimo", que estallan en el aire y lanzan hasta 75 granadas que se esparcen por una amplia zona, y muchas veces aparecen disimuladas bajo la forma de objetos corrientes.

Infinidad de barcos yacen en el fondo del mar, muchas veces cerca de las costas, con su mortal carga de armas intacta en sus bodegas, después de ser hundidos durante las últimas contiendas mundiales o por accidentes en tiempos de paz.

Chatarra submarina

Bajo las aguas y cubierto de corales, frente al puerto de Port Sudan descansa desde junio de 1940 el barco mercante italiano Umbrea, con 300 mil bombas de aviación, obuses de artillería y minas marinas, que en caso de estallar crearían una ola que arrasaría la vecina ciudad costera.

Otro submarino soviético, equipado con propulsión y armamento nuclear, que naufragó a 800 kilómetros de las islas Bermudas, está liberando plutonio y uranio a las aguas, en lo que se considera es la mayor fuente de radiactividad de todos los vertidos efectuados a lo largo de la historia en los océanos.

Esto, por poner dos ejemplos de contaminación bélica en el mar, un medio que, según algunos expertos, tiene la capacidad de disolución suficiente para neutralizar las sustancias peligrosas, pero que, para otros, tiene un límite de saturación a partir del cual los tóxicos pueden afectar la fauna y flora.

En 1993, el navío chipriota Mary H perdió en las playas de Bretaña 34 mil detonadores explosivos, dotados de un sistema eléctrico de deflagración y con una potencia suficiente para causar importantes daños físicos si se manipulan o golpean, lo que mantuvo en vilo a las autoridades de Francia y España, debido a la dispersión de estos explosivos por las corrientes marinas.

El vertido o la explosión controlada de miles de toneladas de obuses, proyectiles o munición caducada en los mares, es otra fuente de sustancias peligrosas y contaminantes, ya que contiene metales pesados como el plomo o el mercurio, muy tóxicos y persistentes durante décadas, que pueden entrar en la cadena alimenticia y afectar a los seres humanos, según los ecologistas.

Armas, a la basura

Desde el final de la Segunda Guerra Mundial, los Gobiernos se han desecho de cientos de miles de toneladas de agentes de guerra química obsoletos, residuos de armas nucleares y munición convencional, vertiéndolos al mar, enterrándolos o incinerados en el aire.

La dioxina, un componente muy nocivo para la salud, ya que causa cáncer y malformaciones congénitas en los bebés, y que es parte del denominado "agente naranja" que utilizó EU para defoliar las selvas durante la Guerra de Vietnam, sigue presente en el medio ambiente de la zona de Indochina donde ocurrió el conflicto, décadas después de concluida la lucha.

En Camboya, las minas han herido y matado más civiles en tres años de paz, que en dos décadas de guerra.

No solo las guerras contaminan. Sus preparativos también siembran el planeta de residuos tóxicos, explosivos y radiactivos de larga duración, muy difíciles de detectar y contrarrestar.

Estados Unidos, Rusia y Alemania están dedicando mucho tiempo, esfuerzos y dinero a descontaminar los antiguos polígonos militares donde se efectuaban pruebas y maniobras en territorio germano antes de caer el Muro de Berlín, para que no sean un peligro para la salud cuando los destinen a usos civiles.

Después de los hongos atómicos

Los cientos de pruebas de armas atómicas que han efectuado las superpotencias en las últimas décadas, en la atmósfera, el subsuelo y los océanos, tienen un impacto ambiental de grandes dimensiones y duración, pero difícil de cuantificar debido al secreto con que se efectúan los ensayos.

Los distintos gobiernos han acumulado un arsenal destructivo colosal, formado por decenas de miles de cargas nucleares, aviones de combate, grandes carros de combate y piezas de artillería, decenas de miles de toneladas de gases venenosos, millones de toneladas de explosivos y munición convencionales y unos dos mil grandes buques de guerra y submarinos.

Ocurra lo que ocurra con esas armas, tanto si se usan en guerras, como si se pierden en accidentes o deben ser eliminadas o desmanteladas, son una de las mayores amenazas para el ambiente.

Cualquiera sea el bando que gane un conflicto bélico, toda la humanidad sale perdiendo debido al enorme volumen de elementos contaminantes que quedan en los campos de batalla, una vez que se han retirado los carros de combate, ejércitos y aviones.