Leía a Kafka, solo a veces, y lejos de reconocer su incomprensión del texto, se redimía alegando que era absurdo, estúpido. En público lanzaba todas sus vísceras contra el escritor, solo porque le era absolutamente imposible comprenderlo, y luego a escondidas, como loco con una peonza, volteaba y danzaba arriba y abajo, hacia fuera y hacia dentro, entre los bolsillos y las tapas duras, perturbando la estética de cuantos libros del autor le llegaban a las manos. No en vano, en un ataque de histeria contra una absurda antología del autor se sorprendió husmeando bajo su cama en busca de reposo, ningún reposo era posible con esas páginas entre las tinieblas de la mente. Ni siquiera el sueño.

Ahogado por el polvo de una bicéfala agonía, entre lo absurdo y su propia estupidez, mordiendo, si cabe aún más, el frescor de un suelo mugriento, notó como la clarividencia de unas gotas de agua le rescataban del vacío de conciencia. Mejor hubiera sido mantener la mente absorta.

Las suaves y refrescantes gotas iniciales dieron paso a la certeza de no hallarse bajo su cama, sino más bien en algo así como una mazmorra, una mazmorra de un castillo construido lejos de todo, lejos de toda posible escapatoria. Demasiado absurdo, demasiado estúpido. No, él estaba a salvo, seguramente había dejado algún grifo abierto durante toda la noche y por eso notaba las paredes y el suelo húmedos, además, con la inundación los plomos habrán saltado, explicándose así los motivos de la abrumadora oscuridad.

El mugriento animal que raspó su cara al intentar avanzar en su camino, no dejó lugar a dudas, alguien le había golpeado hasta la extenuación, dejándole inconsciente durante varios días, los grifos habían generado humedad, y la humedad como alma que lleva el diablo hubo llamado a su roedores más prolíferos, los verdaderos conquistadores en situaciones humanas dramáticas.

Nada de gritos, solo con paciencia y con calma, desenredaría una situación que empezaba a ser especialmente molesta. Se levantaría suavemente y a cuatro patas llegaría hasta una de las ventanas más próximas, después todo sería cuestión de esperar la solidaridad de los vecinos y transeúntes. Intento macabro de la ley de la gravedad el de imponerse febrilmente... ya estaba de pie. Lo que consideraba el somier de su cama era otra pared fría, rugosa y muy húmeda.

Apenas habían tres palmos entre pared y pared. La desesperación llegó al verse atrapado por una pared circular que no tenía más de un metro de diámetro, pero se hizo bíblica cuando ante su sorpresa no podía gritar, ¿no podía gritar o no podía escuchar los alaridos que bramaban de su boca?

Buscándose la vibración de sus cuerdas vocales en la garganta no tuvo la certeza de obviar la exponencial crecida del nivel del agua, a ritmo vertiginoso el agua le absorbía de un extraño modo, pues anclado por ambos pies veía como sería alimento de un gran opíparo, el agua, sucia y pestilente, lujuriosa y envenenada, desalmada y dispuesta, cual Júpiter, a devorar a su hijo. Ascendía ya por la cintura el agua. Las ratas se empujaban y trepaban entre sus omoplatos, en busca de salvación, cuando con el agua por el cuello, un fogonazo instintivo le provocó una parábola en su mirada. Arriba, como si del cielo se tratara, sombras y movimientos, luces y sonidos, y sus brazos alzados a dos metros de la salida buscaban escapar de un agua que le devoraba ya los ojos. Su boca enmudecida, logró vibrar bajo el agua, a destiempo de ser escuchada por los que pasaban por encima de la cloaca.

Los mismos que ahogaron su voz, que le anclaron bajo la tierra, que le embriagaron de una estupidez que no era suya, los mismos que nunca miraron hacia abajo.

A los pueblos sin voz
Mikel